Por Sara Lumbreras

No todo el mundo tiene claro por qué necesitamos un día de la mujer. Inevitablemente, el 8 de marzo aparecen comentarios sobre cómo el feminismo ya no nos hace falta. Me propusieron escribir esta entrada y, aunque no soy socióloga ni especialista en igualdad, no he querido desaprovechar la oportunidad para hablar un poquito de feminismo.

¿A qué se enfrenta el feminismo?

¿Qué es el feminismo?

Dice la RAE que el feminismo es la “ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”.

Esto es: el feminismo defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos y las mismas oportunidades. En ningún momento defiende la superioridad de las mujeres. Sin embargo, el machismo es la “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres”.

No debe confundirse el feminismo con “el machismo, pero al revés”, porque no lo es. Tampoco tiene sentido llamarlo “igualitarismo”, porque entonces se deja de ver que persigue la igualdad para las mujeres, al igual que otros movimientos la persiguen para otros colectivos como minorías raciales o los LGBT. Así que debéis saber que si decís “no soy feminista”, estáis diciendo que no creéis en la igualdad de derechos. Si decís, “no soy feminista sino que creo en la igualdad” está un poco mejor, pero estáis diciendo que en realidad no sabéis muy bien lo que significa la palabra “feminista”…

Sí, pero hay feministas “radicales”…

Sí, las hay. El feminismo radical es una corriente feminista que surge en Estados Unidos a finales de años 60. Pero la palabra “radical” no se refiere a “extremo”, porque, como hemos dicho, el feminismo busca la igualdad de derechos y oportunidades de la mujer, no que queden por encima. La palabra “radical” viene de “raíz”. Esta corriente feminista lo que hace es buscar las razones de que las mujeres hoy en día no tengan las mismas oportunidades que los hombres. Estas razones las encuentran en algunas de las características de la sociedad en la que vivimos.

Por ejemplo, en muchos de los asesinatos machistas subyace la idea de que la mujer es propiedad del marido y que no tiene derecho a tomar sus decisiones de manera independiente, como abandonar a su pareja. Esta idea puede aparecer más o menos explícitamente según el caso. Ojo: no estamos diciendo que todo el mundo piense de esta manera, sino que socialmente existe un sesgo hacia aceptar esta línea de pensamiento. Por ejemplo, hasta 1977 en España las mujeres no podían abrir una cuenta bancaria o comprar una casa sin el consentimiento firmado de su padre o de su marido. De la misma manera, en muchas sociedades, al casarse la mujer se muda a la casa del marido y toma su apellido, al igual que los hijos. Estas ideas están en la base del sistema social del que somos herencia, que muchos definen como patriarcado. Un sistema patriarcal es aquel en el que la sociedad se estructura en torno a familias heterosexuales, en las que la autoridad se ejerce por parte del padre o “cabeza” de familia.

Más ejemplos: la idea de masculinidad que está implícita en el patriarcado es que el hombre debe ser, por supuesto, heterosexual, tener una libido irrefrenable y un “vigor” fuera de toda duda. Esa idea lleva a culpabilizar a la víctima en casos de violación (“¿Qué llevaba puesto?”), ya que se asume que el hombre no es responsable de sus actos una vez ha sido “provocado”. Estas mismas ideas subyacen a la homofobia (un hombre o una mujer que no encaja en el sistema social supone una amenaza), o al hecho de que la impotencia sea tan socialmente ridiculizada. Muchas veces estas ideas se hacen muy patentes en los insultos que utilizamos o en nuestra manera de hablar.

La idea es analizar los comportamientos que se repiten dándonos cuenta de que no son casuales, intentar encontrar las ideas que los sostienen, comúnmente aceptadas por la sociedad aunque sea de manera inconsciente. Una vez somos conscientes de esas hipótesis de partida podemos cuestionarlas si no nos convencen o nos parece que llevan a situaciones injustas.

Es por ello por lo que, si esto no se entiende, se critica a algunas feministas por exagerar, por quejarse de cosas que a algunos podrían parecerles pequeñas. Estas “cosas pequeñas” no son inocuas, sino que según los sociólogos van acumulándose en nuestra mente y cambiando nuestro comportamiento.

Algunos ejemplos:

Desde los seis años los niños asocian actividades relacionadas con la ciencia o con la inteligencia al sexo masculino. Esto no es algo que suceda desde el nacimiento, sino que resulta de los estímulos que reciben los niños (¿a cuántas niñas les regalan mecanos o microscopios en vez de muñecas, comparadas con los niños?). El estereotipo marca a las mujeres como menos dotadas en lo racional. Platón afirmaba que la mujer no tenía ni alma racional ni alma irascible (que se asociaba al coraje militar), sino que sólo contaba con el alma concupiscente (la corporal, que además no era inmortal). Estas ideas, aunque ya hayan salido de nuestro consciente, permanecen aún en el inconsciente en forma de estereotipos excepto en algunos casos – como el del eurodiputado polaco que defendió recientemente que la brecha salarial era justa porque las mujeres son menos inteligentes que los hombres– .

Últimamente se ha hablado de las mujeres que no desean ser madres, las “no-mo”. El que una mujer no quiera ser madre es extraño, ya que es el papel para el que se la prepara desde la infancia (por ejemplo, regalando a las niñas muñecos). Sólo si esas mujeres se replantean lo que han asumido siempre pueden llegar a la conclusión de que eso no es lo que realmente desean. Sin embargo, esto se ve como una aberración, algo “contrario a la naturaleza”. En el caso de un hombre no sucede lo mismo. La división de roles en un patriarcado establece que la mujer se dedica a los cuidados y el hombre al trabajo fuera de casa. Es por ello por lo que el hombre no se ve cuestionado no cuando no asume los cuidados, sino cuando no es capaz de proveer para su familia, o cuando la proveedora principal es la mujer. Se considera que cambiar estos roles es “anti-natural”.

– Hay que tener un cuidado especial con estos estudios porque las personas no pueden analizarse aisladamente de sus condiciones sociales (excepto, quizá, los bebés). Un ejemplo especialmente interesante es el de la testosterona, que durante mucho tiempo se asumió que hacía a los hombres más competitivos y agresivos. Sin embargo, se ha probado que los hombres no son, realmente, más competitivos que las mujeres. Es sólo que las situaciones en las que son competitivos cambian. Por ejemplo, las mujeres no tienden a competir sobre sus conocimientos en deporte, pero sí sobre sociedad. Lo que pasa es que los primeros estudios fueron diseñados por hombres, que naturalmente idearon los experimentos pensando en situaciones en las que les parecía natural competir (a ellos).

El estereotipo de que la mujer no es competitiva o ambiciosa, por ejemplo, junto con la idea de que estas cualidades son necesarias para el éxito laboral, la frenan frecuentemente. El estereotipo de que es ella la que debe encargarse principalmente de los cuidados le hace asumir una carga injusta (que, además, no está reconocida) y también hace que el padre no pueda disfrutar de ejercer plenamente su paternidad. Si buscamos la igualdad en derechos y oportunidades para todos, debemos evitar estos estereotipos.

¿Quién está influido por los estereotipos de género? (O, en otras palabras: “¿Quién es machista?”)

En una sociedad como la nuestra, herencia de un patriarcado, por educación todo el mundo va a tener conductas machistas de vez en cuando. También las mujeres. Esto es inevitable, por cómo nos hemos criado, por el influjo de la sociedad en la que vivimos. También tenemos conductas racistas (incluso los que pertenecen a una minoría étnica), clasistas u homófobas. Repetimos: estas conductas son inconscientes. No tiene sentido culpabilizar a nadie. Pero ser conscientes de esto nos hace responsables de examinarnos en nuestras conductas. Sólo así podremos liberarnos de los condicionantes sociales que hemos recibido y que nos hacen a nosotros menos libres y a la sociedad más injusta.

Algunas situaciones de injusticia concretas

Incluso si en España hubiésemos conseguido una igualdad entre los sexos que hiciese innecesario el feminismo, dudo que alguien negase que fuera de Europa hay mucho por lo que luchar, así que me limito a enumerar algunas situaciones que tenemos muy cerca.

La violencia machista

No me gusta utilizar el término “violencia de género” porque parece que es menos claro, ni “violencia doméstica”, que no se refiere a la misma cosa. Cuando hablamos de violencia machista hablamos de los crímenes que se comenten a raíz de las ideas sobre la dominancia del varón sobre la mujer. Normalmente sólo se contabilizan las que suceden dentro de una pareja, aunque deberían incluirse también las víctimas de un asesinato después de una violación, por ejemplo, independientemente de que no existiera relación previa. En 2016 tuvimos 55 víctimas y 2017 no ha empezado demasiado bien. La idea es que estos asesinatos son evitables, que no sucederían si la educación que recibimos fuera diferente. De nuevo, esto no quiere decir que todos los hombres sean, en potencia, asesinos de sus mujeres. Sólo que, si hubieran recibido una educación diferente, muchos de los 55 casos que sucedieron en 2016 se podrían haber evitado.

La cultura de la violación

La denominada “cultura de la violación” normaliza comportamientos como el acoso sexual o, en su extremo, la violación. Según el Ministerio del Interior, en España se viola a tres mujeres cada día. En muchos casos, estas violaciones no son cometidas por un individuo aislado, sino con testigos que lo consienten o incluso en grupo. Mantener relaciones sexuales no consentidas con una mujer que no puede defenderse (porque la han drogado o porque está borracha) ni siquiera se considera socialmente como una violación, y además se culpabiliza a la víctima por haberse puesto en una situación de vulnerabilidad. Dependiendo de la encuesta, entre el 12.5% o el 50% de las mujeres españolas han sufrido algún tipo de violencia sexual. No es un tema del que se hable de manera abierta, ni siquiera en la intimidad, pero un porcentaje alarmante de mujeres han sido violadas o han sufrido abusos. El acoso callejero, por ejemplo, sigue estando socialmente aceptado. Las que no han sido violadas han tenido, probablemente, miedo de que les sucediese en muchas ocasiones. La idea no es que todos los hombres sean violadores. Sabemos que esto no es así, afortunadamente. Sin embargo, sí que sucede que la apabullante mayoría de las mujeres, incluso en el contexto Europeo y español, sufren de este tipo de violencia de manera habitual.

La brecha salarial y el techo de cristal

Por mucho que algunos insistan en que no existe, la brecha salarial está vivita y coleando (según uno de los últimos informes está ahora en torno al 28%). Junto con la brecha salarial subyace el estereotipo de que los hombres son más “profesionalmente capaces” que las mujeres. Este sesgo inconsciente a favor del hombre en el entorno laboral se va acumulando con el tiempo resultando en peores condiciones para las mujeres.

Un estudio, que me parece especialmente interesante, realizó el experimento de enviar miles de CV solicitando un puesto en un ámbito académico (investigación). El único factor que cambiaba era el nombre del solicitante, hombre o mujer. Podéis leer más aquí. Sólo viendo un CV que era exactamente igual, los encargados de examinarlos juzgaron a los varones un 25% más competentes, y les ofrecieron un salario de partida de 30,238$ de media a ellos y 26,508$ a ellas. De nuevo, no eran conscientes de este sesgo y lo cometieron de igual manera encargados hombres y mujeres. A esto se lo ha llamado el “Efecto John-Jennifer”.

De igual manera, hay estudios que prueban que a las mujeres se les interrumpe mucho más cuando están hablando, lo que lleva a que los hombres hablen, en proporción, tres veces más que las mujeres en los grupos mixtos (con hombres y mujeres). Las opiniones de las mujeres se escuchan menos, igual que sus méritos. De nuevo, este sesgo es inconsciente, y también las mujeres son más propensas a interrumpir a otras mujeres y a escuchar a los hombres.

Los estereotipos a veces juegan doblemente en contra de las mujeres. Por ejemplo, se espera de ellas que sean hasta cierto punto maternales con sus equipos y que muestren más empatía y afecto que sus equivalentes varones. Esto hace que no se las considere igualmente capacitadas para puestos de liderazgo. Pero también, cuando una mujer ejerce su autoridad, se la cuestiona mucho más y se le percibe como agresiva. Según un estudio reciente de informes sobre productividad, el 71% de las mujeres de alto rendimiento recibiencríticas negativas sobre su carácter. Sólo el 2% de hombres tienen ese problema.


Estos sesgos se van acumulando y, junto a otros, al final constituyen el llamado techo de cristal, que impide que las mujeres estén debidamente representadas en los puestos más altos. Así, en España sólo tenemos a tres mujeres al frente de compañías de Ibex.
El techo de cristal se manifiesta en que, aunque haya igualdad entre las proporciones de los dos géneros en los niveles más bajos, la proporción de mujeres se reduce rápidamente según avanzamos hacia los puestos más altos. Por ejemplo, en este estudio de la Universidad Complutense se ve cómo, desde 1983, no ha variado demasiado la estructura de sus estudiantes y profesores con respecto a sexo (por mucho que quisiéramos pensar lo contrario). En los estudios de grado y máster más alumnas empiezan y terminan la carrera (54% y 59% respectivamente). En el personal docente e investigador (PDI), el porcentaje cae hasta un 38,6%. Cuando subimos al nivel de catedrática sólo queda un 20% de mujeres frente a un 80% de varones. Estas mujeres aparecen además concentradas en ciertas titulaciones. Además, sólo hemos tenido alrededor de 10 mujeres rectoras en toda la historia en España (con 83 universidades en el país).

El reparto de los cuidados

La brecha salarial y el techo de cristal están también muy relacionados con el reparto desigual de los cuidados, tanto de los hijos como de otros familiares en situación de dependencia. En España, casi el 70% de las horas dedicadas al cuidado y al trabajo doméstico en la familia las realizan mujeres.

Eduquémonos

La idea principal que me gustaría transmitir con esta entrada es que a nuestra sociedad subyacen ideas que resultan en situaciones injustas. No sólo con las mujeres, sino con muchos colectivos en situación de vulnerabilidad. El caso de las mujeres es especialmente doloroso porque, lejos de constituir una minoría, constituyen la mitad de la población. Debemos educarnos: leer, escuchar y cuestionarnos, para ser más libres y más justos.

Algunos puntos que a veces no se entienden

A veces se rechazan algunas medidas desarrolladas para proteger a estos colectivos sin entender muy bien cuáles son sus principios. Las implementaciones no siempre son perfectas, pero normalmente no son tan descabelladas como algunos quieren hacer ver.

– La ley de violencia de género le da un tratamiento diferente a la violencia machista para ser más eficientes en la lucha contra este problema. Por ejemplo, se penalizarán las bodas forzosas (en las que una niña se vende u ofrece como esclava doméstica y sexual) y la ablación (en la que se mutila el cuerpo de las mujeres). Existen muchos mitos en torno a las denuncias falsas (que pese a los rumores, sólo alcanzan el 0.4% según las cifras oficiales.

Las cuotas no son una ventaja injusta. Tiene sentido fijar cuotas cuando, de otra manera, nunca sería posible alcanzar una situación de igualdad. Esto es especialmente cierto en situaciones en las que existen barreras a la entrada de mujeres o de minorías, por ejemplo cuando se depende mucho del juicio de los que ya ocupan esa posición (y casi todos son hombres). Por ejemplo, si son los altos ejecutivos los que propondrán a un nuevo miembro, tenderán a escoger a hombres con los que se identifiquen, aunque sea inconscientemente. Una cuota puede ayudar a contrarrestar este efecto. Si funcionan, las cuotas dejan pronto de ser necesarias. Sin embargo, cuando hablamos de cuotas aparecen críticas asumiendo que la mujer elegida no será suficientemente competente. De nuevo, subyace el mismo estereotipo. No tiene por qué. Si ha llegado hasta allí ha demostrado haber superado muchos objetivos ya. Además, seguro que tiene cerca a algún hombre incompetente…

El lenguaje inclusivo, es un arma poderosa cuando implícitamente nos estamos dejando a las mujeres fuera. Por ejemplo, si siempre hablamos de “ingenieros” y no se visibiliza a mujeres ingenieras, habrá menos niñas que lo considerarán como una opción profesional (recordemos la importancia del inconsciente). Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la expresión “rectores y rectoras”. Como hemos dicho, casi no hemos tenido rectoras en España. Sin embargo, ha habido muchísimas vicerrectoras. Hay algunos que dicen que esas vicerrectoras no se han siquiera presentado a elecciones porque, inconscientemente, nunca pensaron que eran ellas las que podrían estar al mando. Después de todo, nunca tuvieron ese ejemplo. Quizá, si utilizamos el lenguaje inclusivo, evitaríamos este tipo de situaciones.

– Algunos privilegios percibidos de las mujeres que no son tales. Las mujeres ganan más veces la custodia de los hijos porque han asumido la mayor parte de los cuidados con más frecuencia. Ahora se conceden más custodias compartidas que antes y, con suerte, seguiremos avanzando en esa dirección. Otra: las mujeres a veces no pagan entrada en una discoteca. Eso es porque no son clientes, son un producto. La mayoría de los privilegios percibidos de las mujeres son en realidad el reflejo de situaciones de discriminación.

Entonces, ¿el día del hombre?

Algunos hombres se sienten ofendidos cuando hablamos de la lucha por conseguir la igualdad de oportunidades. Me atrevería a decir que esa es la reacción más común de la mayoría de las personas cuando se nos dice que nuestras actitudes no son justas hacia algún colectivo.

Sin embargo, deberíamos entender:

  • Que cuando hablamos de lo que les pasa a las mujeres no estamos culpabilizándoles a ellos de manera personal. Como comento arriba, los sesgos inconscientes los cometemos todos cuando no pensamos bien lo que estamos haciendo. Cuando hablamos del problema de las violaciones, surgen respuestas del tipo “¡Yo no soy un violador!”. Incluso tenemos el hashtag #Notallmen para describir esta reacción. Sin embargo, esta queja lo que hace es alejar la atención del problema (la violencia sexual sufrida por la mujer) para centrar la atención en la ofensa percibida por el hombre. No somos culpables de nacer en el sistema social en el que hemos nacido pero sí somos responsables de educarnos a nosotros mismos y de escuchar cuando se nos muestra una situación injusta.
  • Que no vale el “eso no es importante, habría que hablar de esto otro”. A veces se intenta minimizar los problemas. Por ejemplo, se dice que no deberíamos hablar de los micromachismos porque es perder el tiempo, que sólo deberíamos hablar de otros problemas más dolorosos como la ablación. ¿Por qué es tan normal, por ejemplo, que se cosifique tanto la figura de la mujer (especialmente en el mundo del deporte: animadoras, mujeres recogepelotas, fotos de mujeres en periódicos deportivos…) y no está bien visto criticarlo? No está bien mandarle callar a nadie cuando habla de una injusticia, sea la que sea. Además, en España, ¿de verdad hablamos sólo de los problemas sociales más acuciantes? ¿Cuánto tiempo pasamos hablando de fútbol?

Se piden demasiadas explicaciones de la necesidad del feminismo (al igual que pasa con otros movimientos que buscan la igualdad para otros colectivos). Cuando queramos aprender, se puede escuchar, pero pedir explicaciones es dejar en el otro la responsabilidad de nuestro aprendizaje. En vez de hacer eso, podemos leer. Libros, artículos maravillosos de gente que ha dedicado su vida a estudiar la igualdad y cómo alcanzarla, a desentrañar los principios que rigen nuestras relaciones, leer el trabajo de sociólogos y sociólogas, psicólogos y psicólogas, tanta gente que, con un poco más de tiempo de lo que lleva leer esta entrada, podrán explicar esto mucho mejor que yo.